Ahora que muchos se llenan la boca hablando de la obra de Gaudí, del Camino de Santiago o de las pijadas culinarias de Ferran Adrià, no estaría mal recordar que el turismo extranjero empezó a venir a España, y en muchos casos sigue viniendo, en busca de tres cosas: sol, playa y alcohol barato. Recientemente, el compañero Alargus y servidor de ustedes tuvimos la ocasión de visitar un extraordinario lugar en el que hoy reinan el silencio y la desolación más absolutos, pero que vivió momentos de auténtica gloria hace cosa de treinta años: un restaurante-discoteca con nada menos que un tablao flamenco y (redoble de tambores)… ¡una plaza de toros!
El complejo se encuentra a una cierta distancia de los principales núcleos de población de la costa, aunque lo suficientemente cerca como para poder recibir a diario, en su época de máximo apogeo, unos cuantos autobuses repletos de guiris dispuestos a hacer sus primeros pinitos en el mundo de la tauromaquia frente a unas asustadas vaquillas. Huelga decir que para que el ardor torero aflorara en los turistas bastaba con que ingirieran sangría y tintorro en cantidades considerables.
En el interior del restaurante, y más concretamente en lo que parecía haber sido el despacho del responsable principal del cotarro, encontramos abundante documentación (pósters, trípticos, octavillas, tarjetas de visita, albaranes, facturas… todo en bastante buen estado) que nos llevó a deducir que el negocio llevaba inactivo desde mediados de los años 90.
Gran parte del techo del salón principal se había hundido, seguramente debido a la humedad y a las lluvias. En general, el lugar estaba muy hecho polvo pero todavía conservaba la mayor parte de sus sillas y mesas. En los lavabos apenas faltaba un azulejo, en un almacén encontramos un cargamento entero de botellas de refresco sin abrir, sobre el suelo del escenario había esparcidas algunas portadas de discos… ¡y hasta encontramos balas de paja en uno de los antiguos establos de las vaquillas!
En definitiva, el deterioro del local parecía debido más que nada al paso del tiempo y a las inclemencias meteorológicas. El único rasgo de vandalismo era una pequeña pintada en una casita que tenía toda la pinta de haber servido como vivienda para el vigilante. Ya que joyas como ésta son muy difíciles de encontrar en un país tan dado al saqueo y al gamberrismo como el nuestro, decidimos mantener en secreto la ubicación. Volveremos pronto, sin duda.





Un Comentario
¡Increíble! Deberías editar un libro con todos los lugares fantasmas que descubres. Una especie de “Guía alternativa para freaks”. ¡Saludos!
2 Trackbacks/Pingbacks
[...] primera entrega del artículo, aquí) « De vuelta [...]
[...] con el primer abandono que visitamos juntos el compañero Alargus y servidor de ustedes: un restaurante con tablao flamenco y plaza de toros abandonado en un punto perdido del litoral [...]