Al final de los escalones me esperaba una nave de grandes dimensiones, rematada por un tejado de uralita e iluminada por una serie de ventanas que ya llevaban años despojadas de los cristales que una vez las cubrieron. Al igual que en la planta inferior, las paredes se habían convertido en lienzos para todo tipo de graffiti. Había algunas piezas realmente buenas, aunque seguramente a estas alturas ya habrán desaparecido.
De vuelta a la planta baja, en medio de un breve paseo por las distintas estancias, encontré este retrato (hola, Décimo Planeta) de algún pariente lejano de Bender, el robot cascarrabias de Futurama. A cada paso, mis pies chocaban con latas de spray, bolsas de plástico de supermercado y trozos de ladrillo y hormigón, entre otros escombros.
Otra vista del hediondo armatoste metálico del que hablé en la entrada anterior. En esta foto se puede apreciar un poco mejor el avanzado estado de putrefacción del material que lo cubre.
Antes de abandonar el recinto eché un último vistazo al camión y a la furgoneta del patio. Al igual que los elefantes en la mitología africana, parecía que hubieran escogido ese lugar para pasar juntos sus últimos días, antes de ser presa de los ataques de los carroñeros (en este caso, recolectores de chatarra y vándalos botelloneros). Y con esta metáfora tan sobada doy por concluida mi tetralogía particular sobre el matadero abandonado de Tordera.














