
Durante un corto período de tiempo, algo antes de pasarme a la fotografía digital, me dio por rastrear eBay en busca de cámaras poco convencionales de 35 milímetros. Uno de mis mejores hallazgos (junto a una Lubitel rusa y una maravillosa Rollei 35 SE), fue la Olympus Pen EE2, un curioso cacharro que tomaba dos imágenes por negativo, con lo que con un carrete de 36 llegabas a sacar la friolera de ¡72 fotos! Naturalmente, esto no es nada comparado con las que te caben en una tarjeta de 2 GB, pero en los tiempos de la gelatina y los haluros de plata representaba una buena manera de ahorrar película. Cuando recibí el paquete con la cámara, la cargué de diapositiva en color de 100 ISO y salí a dar una vuelta por el Raval. Una de mis primeras víctimas fue este veterano afilador, el primero que veía desde mi infancia en Pineda y el único con el que he topado hasta ahora en Barcelona.

Por si no os habíais hecho todavía una idea, así es como queda un negativo (o en este caso una diapositiva) disparada con una cámara de medio marco. Como es de esperar, lo que ganas en espacio para fotos lo pierdes en calidad, ya que la superficie sobre la cual se forma la imagen es la mitad de la de un negativo normal. Esto se nota al hacer copias de tamaños medianos y grandes, de 18×24 o más. Lo mejor de todo es que la cámara se ve muy inofensiva, prácticamente de juguete, algo que ayuda mucho en la llamada street photography, ya que puedes abordar a la gente y hacerles fotos por las buenas sin que se sientan especialmente agredidos. De hecho, el abuelo que aparece junto a las palomas en la plaza Canonge Colom se echo a reír en mi cara, seguramente pensando que me faltaba algún tornillo…