Tras la súbita defunción de mi amada Canon 20D (ver la entrada anterior) y mientras no me haga con un nuevo cuerpo de réflex, he decidido sacar el polvo a algunos de los armatostes fotográficos que tenía olvidados en un cajón, en este caso una Panasonic Lumix LX-2. Una tarde de la semana pasada, al salir de trabajar, decidí dar un nuevo paseo en Vespa, esta vez hasta Tossa de Mar. El itinerario resultó bastante anodino hasta que crucé Lloret e hice un alto en el camino para aparcar frente a un vado (en la foto de arriba) en la cala de Canyelles, mucho más concurrida de lo que la encontré el pasado otoño.
Cuando me reincorporé a la ruta, la cosa mejoró sustancialmente: la carretera que une el paraíso de los hooligans con Tossa es una serpenteante sucesión de subidas y bajadas con el boscoso macizo de Cadiretes a un lado y algunas de las calas más espectaculares de la Costa Brava al otro. No es de extrañar que cada fin de semana decenas de motoristas (con monturas bastante más potentes que mi pobre pepa) se reúnan allí para sacar al Valentino Rossi que creen llevar dentro. Los más felices con todo esto son los Mossos, que con la tontería se hartan de llenar talonarios de multas. Volviendo a lo mío, la excursión terminó con visita a la Platja Gran de Tossa y vuelta a Pineda por el mismo camino, aunque con un poco más de niebla y menos luz. 72 kilómetros en total. No está mal para pasar la tarde.







