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Barcelona, abril 2006.

 

 

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Esta foto tiene su historia. La tomé hace exactamente una semana en el parque de la Espanya Industrial, justo al lado de la estación de trenes de Sants. Eran más o menos las nueve de la noche. Me encontraba en una de las pistas de baloncesto, justo debajo de la canasta, con la cámara plantada sobre el trípode y el objetivo apuntando al aro, cuando de repente apareció de entre las sombras un chaval de unos veintipocos años, vestido con chándal y bambas de basket. Vi que se acercaba hacia donde yo estaba y, sin darle más importancia, continué con lo mío.

Tras realizar otra exposición de medio minuto, descubrí que el individuo en cuestión continuaba ahí, plantado a un par de metros de mí y de mis trastos, mirándome fijamente. Entonces le dije “hola”. Él no respondió y continuó mirándome con una cara de mala hostia considerable, por lo que le pregunté si le pasaba algo. Todo lo que obtuve como respuesta fue el típico gesto chulesco de levantar los hombros y la barbilla en plan “qué pasa, eh”. En ese momento me di cuenta de que, teniendo en cuenta que me encontraba solo, en un parque, a oscuras, con un equipo fotográfico que valía un pastón y con un macarrilla (y vete a saber si tenía amigotes escondidos por ahí) con malas intenciones, lo mejor que podía hacer era recoger el trípode, poner la cámara en la mochila y salir de allí pitando. Sin perder el contacto visual con él, cogí mis bártulos y le dije “vale, tranquilo, ya me voy” y me fui de aquel lugar.

Justo cuando acababa de salir por la puerta del recinto, se me acercó por detrás otro chandalero y, con bastantes mejores modales, me preguntó a qué estaba haciendo fotos. Le respondí que a la canasta de la pista de basket. Como vi que mi explicación no le convencía, le enseñé por el visor de la cámara, una por una, todas las fotos que había tomado. Entonces él me dijo que su colega (el simpático que me había obligado a salir por patas de allí) le había dicho que yo tenía el objetivo apuntando hacia ellos. A partir de aquí ya empecé a aguantarme la risa y le dije que no les había visto en mi vida y que ni me había dado cuenta que estaban allí. Todo era cierto, naturalmente. El chaval me respondió con un “bueno, tendré que fiarme de ti”, a lo que yo le dije “es que no veo motivos para que pienses lo contrario”. Acto seguido se despidió y se fue.

Ya tengo una anécdota de fotógrafo para contar a mis nietos. Bueno, esta y la del día (hace ya años) en el que me perdí durante una noche entera por los bosques del Montnegre. Pero esa historia ya la contaré otro día.

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